La tradición alfarera en peligro de extinción si las instituciones no se implican

Imagen relacionadaNo corren buenos tiempos para el sector alfarero leonés. No al menos como para que el futuro a medio plazo garantice una continuidad. Lejos quedaron los días de gloria, cuando en Jiménez de Jamuz sonaba a chiste el aventurarse a encontrar una sola casa donde el torno se permitiera un rato de asueto.

«Creo que estamos en la penúltima generación de alfareros», sentencia Miguel Ángel González, presidente de la Asociación Regional de Alfareros de Castilla y León, secretario de Finral y sobre todo uno de los últimos supervivientes en activo que hicieron de este arte su particular forma de vida. «Llegamos a ser cerca de 300 maestros en toda la provincia, pero hoy apenas quedan cuatro en Jiménez y yo en La Bañeza». Los motivos que han conducido a esta situación son muchos pero, como en otras tantas artesanías, la falta de relevo generacional se alza por encima del resto. «A nivel nacional la mayoría de alfareros pasan de 60 años». Este oficio —prosigue— «requiere unos cuantos años de aprendizaje, de ir puliendo cosas, paciencia y constancia. Sin embargo la mayoría de los jóvenes de hoy no tienen ganas de formarse, prefieren el dinero rápido».

El componente familiar ha sido desde tiempos inmemoriales un sello imposible de borrar en tantas generaciones de alfares que fueron abriéndose camino en ferias de medio país, forjándose su propia fama a base de esfuerzo e ingenio. Miguel Ángel, como otros tantos, dedica a su pasión más de doce horas diarias, pero su particular ‘inversión’ comienza a ser insuficiente. «Las ventas del sector han bajado en torno al 50% en los últimos 15 años, la gente ahora ve nuestras piezas más como algo decorativo que como utensilios válidos para el día a día». El siglo XXI ha pasado como un ciclón en el entorno rural, un golpe bajo del que muchos no se recuperarán jamás. «Necesitamos más ayudas de las administraciones, desde la crisis económica de 2008 han ido desapareciendo». Los desplazamientos a otras muestras, los vehículos para mover la mercancía, los impuestos por participar en las ferias... todo lo que huele a subvención se ha esfumado casi tan deprisa como los jóvenes a las grandes urbes. «Si volvieran esas ayudas quizá la profesión tenga futuro».

Autocrítica

Pero el que fuera impulsor de ferias tan ilustres aún hoy como la bañezana o la de León capital —«que está entre las tres mejores de España en lo que a calidad y ventas se refiere»— también hace autocrítica, consciente de que toda la culpa no es siempre del resto. «España fue una potencia a nivel mundial en alfarería por cantidad y calidad del producto, ya quisieran otros países. El problema es que no hemos sabido valorar nuestro trabajo, en Francia o Italia seríamos considerados como artistas, pero aquí pensamos que esto era la gallina de los huevos de oro y no hicimos ver la importancia del sector a las instituciones, no al menos con toda la fuerza que merecía», se lamenta. La Junta declaraba recientemente a Jiménez de Jamuz como Zona de Interés Artesanal. Un primer paso que podría suponer otro nuevo comienzo.

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