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Premios Ical 2019; Antonio Colinas

Ical / César Combarros Domingo, 15 de Septiembre de 2019 Tiempo de lectura:

A los 16 años, Antonio Colinas nacido en La Bañeza en 1946, llegó a escribió su primer poema en Córdoba y percibió cómo la poesía le “invadía”. Lejos del “noroeste de todos los olvidos” donde dejó sus queridas raíces, mientras completaba sus estudios de bachillerato en el revelador sur, consolidó una “firme y obsesiva pasión por la escritura” que le acompañaría toda su vida.

 

En 1969 publicó sus dos primeros libros, ‘Poemas de la tierra y de la sangre’ y ‘Preludios a una noche total’, abriendo una extraordinaria trayectoria creativa que le ha llevado a establecer un “diálogo perenne” entre la tierra de los orígenes y el espíritu mediterráneo. Ahora, 50 años después, permanece fiel a su propia voz y a la probable esencia de la poesía: aportar “un poco de tibieza o de calor contra la dureza de la vida y de la muerte”.

 

Como escribe en el poema inédito 'Un libro de infancia', llegó así "la luz" a su vida, despertando una pasión lectora que cada día, tras comer y hacer los deberes, le empujaba a salir salir corriendo rumbo a la biblioteca municipal de La Bañeza, entonces en plena plaza mayor de la localidad. Allí, en la segunda planta del actual Ayuntamiento, descubrió nuevos mundos de la mano de escritores como Salgari, Julio Verne o Karl May, y obras como 'Robinson Crusoe', Las mil y una noches' o 'La Odisea' plantaron en su inconsciente una cierta 'semilla' literaria que no tardaría en florecer.

 

El río, el monte, las excursiones en bicicleta, la biblioteca y sus estudios en la Academia dejaron paso con apenas quince años a un decisivo giro vital, cuando recibió una beca para completar el bachillerato de Ciencias en Córdoba. Los tres años que pasó allí, en la Andalucía de Góngora, de Juan Ramón Jiménez y de Antonio Machado, le sirvieron también para descubrir a Neruda, Lorca, el 27 y el grupo poético Cántico. Con 16 años escribe su primer poema y fija "una firme y obsesiva pasión por la escritura" que jamás abandonaría.

 

Con 18 años, desmarcándose del consejo paterno de estudiar Letras en Salamanca, marcha a Madrid para realizar estudios técnicos y de Historia en la universidad. Allí llegó ya con el "dulce veneno" de la poesía y del mundo literario, un amor que intensificó en las tertulias de cafés de la época como el Gijón, el Lión o el Teide. Tras ganar un premio organizado por el Aula de Literatura de la Universidad de Derecho, que dirigía Javier Lostalé, de su mano accede al Ateneo de Madrid y se sumerge "de lleno" en el mundo literario de la época.

 

Es en esa temprana edad cuando conoce a Vicente Aleixandre, a quien considera uno de sus dos grandes maestros junto con María Zambrano, y comienza a colaborar en revistas especializadas como 'La Estafeta Literaria' o 'Poesía Española', antes de recibir un accésit en el Premio Adonáis por 'Preludios a una noche total', que marcaría su debut en el panorama editorial junto con 'Poemas de la tierra y de la sangre', publicados ambos en 1969.

 

El azar y la llamada de un amigo, Eduardo Martínez, hizo que en la Navidad de 1970 pasara de estar rodeado por tanques en El Ferral, donde prestaba el servicio militar, a aterrizar en Milán para ejercer la docencia universitaria durante los tres años siguientes. Tras recibir en 1976 el Premio de la Crítica de Poesía Castellana por 'Sepulcro en Tarquinia', decide hacer "una apuesta radical" y se instala en Ibiza con una beca de creación de la Fundación March.

 

Lo que iba a ser una estancia de un año acabó convertido en más de dos décadas sin apenas salir de la isla, centrado en su propia escritura y en la traducción de autores clásicos italianos, desde Giacomo Leopardi hasta Salvatore Quasimodo. Tras ser reconocido con el Premio Nacional de Literatura en 1982 por 'Poesía, 1967-1980', da un "brusco cambio" en su concepción de la poesía y escribe la obra que considera más "esencial" de toda su bibliografía, 'Noche más allá de la noche'.

 

También desde la isla publica sus dos primeras novelas ('Un año en el sur' y 'Larga carta a Francesca'), además de numerosos ensayos y poemarios, que combina con frecuentes colaboraciones en diarios como 'El País', 'ABC' y 'El Mundo' y en publicaciones como la 'Revista de Occidente' y 'Cuadernos Hispanoamericanos'.

 

En el verano de 1988 culmina 'El sentido primero de la palabra poética', donde escribe sobre algunos de los creadores que más ha amado, que más le han influido y que, a su juicio, "más cercanos han estado a una verdad imperecedera, al fulgor del arte", con reflexiones en torno a cómplices como Goethe, Catulo, Jorge Manrique, Leonardo da Vinci, Rilke, Ezra Pound, Pessoa, Cernuda o Miguel Torga, entre otros muchos.

 

De vuelta a su tierra para instalarse en Salamanca, es distinguido con el Premio Castilla y León de las Letras 1998, antes de alzarse con otros galardones como el Premio Internacional Carlo Betocchi 1999 por su labor como traductor y estudioso de la literatura italiana, el Premio de la Academia Castellana y Leonesa de Poesía 2001 o el Premio Nacional de Traducción 2005.

 

A comienzos de 2011, Siruela publica su 'Obra poética completa', un volumen de un millar de páginas en el cual invitaba al lector a "encontrar otra forma de conocimiento y de ver la realidad", que le permitiera abrirse a "otro modo de ser y de estar en el mundo, a la plenitud de la 'palabra nueva'" que él confiesa haber perseguido "por medio del misterio y la música de los versos, de ese ritmo que es el de tener la palabra armonía entre los labios, ya se pronuncie el poema en voz alta o lo musitemos interiormente".

 

Leonés del Año e Hijo Adoptivo de Salamanca desde 2011, un año después se alza con el X Premio de la Crítica de Castilla y León por 'El laberinto invisible' y en 2014 conquista el Premio de las Letras Teresa de Ávila. Ya en 2016 suma a su extensa trayectoria de galardones el Premio Internacional de Periodismo Ciudad de Cáceres Fundación Mercedes Calles y Carlos Ballestero y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, que le reconoce a juicio del jurado como "una voz personalísima" y como "emblema de una generación", la del 70, con una trayectoria artística "que va desde la trinchera del culturalismo hasta el existencialismo".

 

Ese mismo año ve la luz 'Memorias del estanque', una mirada a su propio corazón donde repasa los momentos que esenciales de su vida, los que le ayudaron a su propio "crecimiento interior" y a ser permeable a otras culturas.

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